domingo, 8 de abril de 2012

A nosa guerra [15Abril2012]




A nosa guerra. A nosa loita. O noso derbi.
O 15 de abril xa chega...

Unha aperta a tod@s e ¡Ala Celta!

domingo, 11 de marzo de 2012

Así peleamos, así latimos...



Porque aún con los pies en el suelo merecemos disfrutar de este momento de felicidad invatida durante 13 jornadas. Por cómo jugamos al fútbol y por cómo estamos demostrando que queremos volver a Primera.
Sigamos peleando cada una de las 14 batallas que restan con trabajo, humildad y muchas, muchísimas ganas. Porque de esta manera no hay guerra que se nos resista.
Disfrutemos del camino.


Un abrazo a tod@s y ¡Hala Celta!

lunes, 5 de marzo de 2012

Vigo-Valladolid, Valladolid-Vigo

Una ida y un regreso. Una historia de por medio.

De Vigo parten dos autobuses pasadas las siete de la mañana. El madrugón invita a cerrar el ojo en el asiento pero los cánticos iniciados por miembros de Comando dejan claro al cuerpo que no es momento de dormir. Toca calentar las gargantas porque como decía Malvidinho: “¿A qué vamos a Valladolid? ¡A por los 3 puntos!”

La veteranía de una peña que cumple 25 primaveras este año como es Comando se junta con la juventud de los tiernos veinte años de los integrantes de Irmandiños dando forma al ayer y al mañana. Maestros y aprendices. Aprendices que un día serán maestros como demuestran al entonar ese maravilloso cántico obra de su Presidente:

“Ésta é a grada, que anima, anima.
Que te leva en volandas, que canta, que grita.
Te sigue por Europa, na Liga, na Copa. 
Que chora no inferno, sorríe na gloria. 
Sempre te seguiremos, orgullo eterno. 
Celtismo é o que levo, grabado no peito. 
LOLOLOOOO LOLOLOOOOOO”.

Después de un par de paradas y varias horas de viaje, las ruedas del autobús lamen el asfalto de las calles cercanas a Zorrila. “Salimos del bus y animando” repiten Malvidinho y el tesorero de Irmandiños antes de que las puertas se abran. El celtismo contenido en el interior del bus nº2 reclama el aire que rodea el estadio. Lo reclama y lo hace suyo. Aunque sólo sea moralmente para los allí presentes, el violeta de la mole de cemento queda eclipsado por la marea azul.
Sabemos que es uno de esos días en los que se debe reclamar la casa ajena como propia. De construir un Balaídos portátil con las manos, las voces, las bufandas y el corazón de todos los celtistas desplazados.

Pero antes hay que reponer fuerzas. Regreso al autobús con las entradas en el bolsillo y rumbo a la Plaza Mayor para comer.
De allí a la zona céntrica la marea celeste culebrea por las calles de Valladolid a voz en grito, desgañitándose en ánimos y aplausos para con el equipo que les ha llevado hasta allí. Los locales miran a los “invasores”: algunos con recelo, otros con la sonrisa en los labios, otros se acercan a los balcones o sacan alguna foto. Valladolid se doblega a la multitud llegada desde diferentes puntos de Galicia para dar calor al equipo de sus vidas.
Sólo una duda nace: “¿Aquí dónde están las cuestas?”


Al fondo de una calle se vislumbra la entrada a la Plaza Mayor.
El celtismo se detiene un segundo, se junta, se agacha, se hace de rogar y arranca en carrera reclamando Pucela, tiñéndola de Celeste.
Entre terrazas y comercios destaca una tienda con el escudo del equipo de la ciudad, está vacía y con un rótulo de “se vende” pegado al cristal. Única e ínfima prueba de que esa plaza en otro día perteneció a otro equipo, a otra afición. Pero no este 3 de marzo.

Sólo el hambre acentuada por los nervios del partido hace que se diluyan las hordas celestes. Pero sólo por un momento, pues pronto se vuelven a juntar en los diferentes bares reclamando sus caldos y sus tapas. Los barriles se vacían y los estómagos se llenan.

El silencio de Pucela ha muerto. Los celtistas lo han sacrificado en honor a los cánticos de su Celta, su Celtiña. Un bombo suena y el eco de las voces sube por las calles de la ciudad. Cada vez más fuertes, cada vez más unidos los ánimos de los aficionados dejan que la hermandad cobre protagonismo y los cánticos iniciados por unos pronto son continuados por otros. Juntos gritan, juntos aplauden, juntos bailan y juntos saborean las mieles del pre-partido.

El corazón de Valladolid late desaforado por el impulso del celtismo que circula por las venas de la ciudad con paso firme camino del autobús, para poner definitivamente rumbo a Zorrilla.

El desplazamiento es breve. En el pasillo del bus no cabe un alfiler, los nervios impiden sentarse a los más taquicárdicos.
Llegamos.
Las piernas apuran tanto como corre el corazón.
Unos minutos de espera ante las puertas hasta que por fin se abren, entramos.
Buscamos un buen sitio y plantamos los pies sobre el asiento para conseguir la mejor visión posible mientras la grada se sigue llenando. El desvaído violeta del interior se tiñe de azul cielo, color de los sueños.


Los jugadores del Valladolid salen a calentar pero los celestes siguen sin hacer acto de presencia con la excepción de los dos porteros. La grada conquistada por los celtistas los recibe con una sonora ovación y repartidos cánticos para ambos en busca del saludo de rigor. Sergio y Rubén, Rubén y Sergio.
Transcurren los minutos, la manecilla grande del reloj ya pasa del siete. Menos de veinticinco minutos para el pitido inicial.
Unas botas, unas rodillas, unos pantalones empiezan a asomar por el túnel del vestuario. Son ellos. Saltan al terreno de juego en pleno sprint. La grada se deshace en aplausos y “Celta, Celta, Celta…”.
Uno a uno los jugadores van siendo saludados por su hinchada y ellos devuelven el saludo.
Todos están allí para lo mismo, por los tres puntos. Unos los pelearán dentro del cuadrilátero de césped, otros desde la unión de la grada.
Más de 2000 individuos con una única premisa.

Los labios del árbitro rozan el silbato mientras observa el reloj. Pita.
Lo que viene después son 90 minutos de desfallecidos e imparables ánimos desde la grada y una victoria
épica en el campo.                                       

En el césped Orellana baila. Pasa de una pareja a la siguiente, dejándolas a todas atrás. Ninguna es capaz de seguir su ritmo.
Pero en el marcador el primero en adelantarse es el equipo vallisoletano.
No hay dolor. Sabemos lo que significa empezar por debajo en el marcador. Significa que tendremos que tirar del coraje de pasadas jornadas y remontar. La pregunta no es si seremos capaces, la pregunta es en qué momento lo haremos.

Las gradas empujan al equipo celeste vestido de rojo y pasada la media hora llega el primero: Sergio golpea con seguridad un saque de puerta que, como en tantas ocasiones, baja Mario Bermejo a la bota que le espera en ausencia de Borja Oubiña, la de Álex López. El ferrolano se deshace de un rival en busca de Orellana. La conexión que tiene lugar entonces es automática. El chileno busca a su media naranja. A su compañero de fatigas. Al moañés con alma de mohicano que la mima con cariño y la empuja al fondo de las mallas.

Inspirado por los cánticos celestes el portero del equipo pucelano decide que quiere marcarse su propia entonadilla y deja el balón correr por debajo de su cuerpo para deleite de los aficionados que saltan sobre los asientos con la mente puesta en el segundo, en la victoria.

Tras el descanso el equipo recula y es el Valladolid el que lleva el peso del partido. Eso sí, sólo en el césped. En las gradas no hay lugar para una batalla, la guerra ya fue ganada por los más de 2000 desplazados con indumentaria celeste.

En el minuto veintidós nace otra del Celta: Toni se la pone al primer toque a Iago, prófugo entre la defensa rival, ante la atenta y acertada intervención de Balenciaga, quien se cruza para mandarla a saque de banda. Ahí aparece el pequeño héroe de masas pidiendo mimos y cariñitos a sus aficionados. Y el celtismo le responde. Volviendo a desbordarse.

Los minutos se suceden y el achuche local es constante en el desenlace del encuentro, tanto que un empate sería hasta positivo y bien visto por los hinchas celestes. Pero es entonces cuando se “revela el revulsivo”: Bustos recupera el balón al borde del área y es Álex López el primero en tocarla dentro del feudo vallisoletano, abre a Joan Tomás quien se la templa a Toni, éste se deshace de un defensor y fija la diana en Orellana (de nuevo Orellana), el bailador de defensas llega a la línea de fondo y mientras cae mece la pelota hacia el interior del área, un balón que vuela con ganas buscando el impacto de la bota de Joan Tomás. Es el segundo. El de la victoria en el último minuto. El que provoca el terremoto, el huracán y la avalancha de la grada visitante. Unos caen, otros se abrazan, algunos se besan y varias decenas lloran.

La grada es el clamor de una pericia, una épica de cinco toques de balón y un último empujón al interior de una portería. Es amor. Es emoción. Es sentimiento. Es pasión. Es puro corazón. Es fútbol, señores, es fútbol.
El equipo de los locos bajitos con el que terminó Herrera se deshace en abrazos también en el césped. Túñez necesita agacharse para poder abarcar con sus brazos a Fabián y Joan, los alza y los abraza.

Sólo unos minutos de aguante separan esa celebración de la siguiente. Bustos y Roberto Lago son los primeros en dejarse caer de rodillas sobre el césped. Sergio, Oier, Túñez, Mallo… van cayendo sobre el alicantino. Los abrazos se multiplican en el José Zorrilla. Algunos en la hierba, otros en el cemento.

Los jugadores agradecen el apoyo de su afición antes de retirarse al interior de los vestuarios.
El ánimo de los aficionados es incontenible. Cántico tras cántico se va acordando de todos hasta llegar a Gudelj que pasados ya varios minutos desde el desenlace del encuentro asoma por el túnel del vestuario y saluda a la grada.
Es entonces cuando los más de 2000 corazones piden por su equipo. Piden que salga. Que vuelva al césped de Zorrilla.
Gudelj vuelve a asomar y señala hacia el interior del túnel.

 Los segundos caen a plomo. De nuevo vuelven a verse ¿botas? No, botas no. Se ven chanclas y pies descalzos sólo cubiertos por medias, pantalones remangados. Y arriba, mucho más arriba, grandes sonrisas que atraviesan la oscuridad de ese túnel para volver a caer ante la luz de los focos del estadio. Son felices, se abrazan, aplauden, se mojan, saltan… Son la plantilla del Real Club Celta de Vigo. Los chicos de la 2011-2012.

 Saludan a la afición, se sujetan todos de las manos y ovacionan a los locos viajeros comedores de kilómetros que han ido hasta allí por ellos y por ese escudo que defienden y llevan cosido en el pecho de sus camisetas.

Hayan jugado más, hayan jugado menos o incluso sin haber jugado un solo minuto están allí agarrados los unos a los otros. Sonriendo y felices, compartiendo ese indescriptible momento con los que, sin poder reprimirlo, nos emocionamos y dejamos que las primeras lágrimas nos nublen la vista.
Tiembla el mentón y decides respirar profundo, varias veces. Las lágrimas mejor reservarlas para ese otro momento que sin duda nos tiene que llegar.
Que seguiremos luchando para que llegue.
Batalla ganada, nos queda la guerra.

Últimos aplausos del plantel antes de regresar al interior de los vestuarios. Todos menos uno. Ese hombre que se quita la camiseta verde esperanza y busca el modo de arrojársela a su afición. No encuentra el modo pero tampoco se rinde. Ni se da por vencido.
Sergio Álvarez siempre hace gala sobre el césped de ser un tío tranquilo y también aquí vuelve a demostrarlo. No importa lo lejos que esté la grada o la altura de diferencia. Con calma busca el modo y lo encuentra.
Cuando vuelve a encarar el camino hacia el vestuario lo hace sin la camiseta color verde. La misma que ahora estará siendo tratada cual tesoro por algún aficionado celeste. El denuedo demostrado por “el gato de Catoira” bien lo merece.

Las luces del José Zorrilla se van apagando, pero no así el ánimo de los aficionados. “A Rianxeira” clama su sitio en el repertorio y se adueña de la grada visitante embrujando aún más el ambiente. Con cada nota el celtismo sueña con fuerza pensando en el futuro. Ya no en el lejano, sino en el inmediato. En seguir disfrutando de lo que queda de Liga. Algunos barajan próximos desplazamientos, otros sólo pueden pensar en el partido contra el Numancia de este viernes. Pero mientras la mente elucubra, el corazón saborea las mieles de ese preciso instante en el que somos campeones. Sí, campeones. Al menos de este partido. Los nuevos dueños de Zorrilla no visten de violeta sino de celeste.

El viaje de vuelta aún está por delante. Algunos buscan con premura el asiento y se dejan caer, otros no pueden parar quietos un segundo.
El bus nº2 vuelve al ataque y los cánticos se suceden. Rumbo a Balaídos la canción de Irmandiños vuelve a ser la estrella.
Hasta pasada la media noche y aunque el conductor del autobús apague las luces, los celtistas se niegan a hacer caso a Morfeo.
Todos menos el tesorero de Irmandiños a quien en su descansar Malvidinho le susurra: “No sueñes con la victoria del Celta que no fue un sueño, fue real”.

Tan real como esta presente temporada.
Aún nos quedan 15 batallas en esta guerra pero, antes de cruzar la meta, no nos olvidemos de disfrutar de la carrera.
Porque cuando el celtismo aprieta ni el mítico frío de la grada visitante del José Zorrilla nos roba fuerzas o protagonismo. "¿Qué hace frío en Pucela? ¿Qué frío?" Calor, mucho calor. Y así siempre.

Hasta que las gargantas aguanten y el corazón resista.

Siguiente parada: viernes a las 21:00 horas Celta vs Numancia.


Un abrazo a tod@s y ¡Hala Celta!

sábado, 2 de julio de 2011

¿Quién es Karpinha?

Hace unos días se abrió en Delcelta.com un hilo para comentar por qué cada uno es del Celta. En aquel momento empecé a escribir esto y hoy lo terminé. No son los motivos de por qué soy del Celta sino que son algunos de los recuerdos que guardo y algunos de los muchos pasos que fui dando hasta que Karpinha se convirtió en la "energúmena" que soy y conocéis hoy en día...

A diferencia de muchos aficionados no puedo presumir de tradición familiar en lo tocante al celtismo. Mi familia no me heredó el sentimiento en los genes ni me lo inculcó desde la cuna.

Soy del Celta porque decidí serlo cuando tenía 6 o 7 años. Nunca le di mayor relevancia a esa elección hasta que un día, hace muchos, muchos años, mi padre me hizo sentirme tremendamente orgullosa de ella cuando un vecino le preguntó cómo le había salido la niña tan celtista y él le contestó que sencillamente lo había escogido yo. Con ese “sencillamente lo escogió ella” mi padre abrió una puerta que no había visto hasta entonces. Hasta aquel momento no fui consciente de que había sido una elección propia. Así que asumí que viniese lo que viniese, alegrías o penas, yo misma me lo habría buscado, para bien o para mal. Y tras tantos años y múltiples vivencias de toda índole doy fe de que no ha habido ni un solo "para mal". Incluso en los malos momentos el Celta encuentra la forma de recompensarme.

Pero la historia desde el principio…
¿Mi pasión futbolera? Nació conmigo y despertó en el colegio, como suele suceder a tantos y tantos niños para los que el recreo es la mejor excusa para correr detrás de un balón. Desde parvulitos hasta 6º de Primaria y pasando por toda la época del instituto, desde el primer día en que mi madre me dejó volar en solitario por las tardes hasta los 16-17 años la rutina de las pachangas se impuso en la agenda diaria.
El destino, el colegio Paraixal.

Ya fueran partidos a siguientes, un campo a campo o los típicos mundialitos de canear y meter gol… todo valía mientras el balón rodase. Eso sí, en los mundialitos solían llegar los problemas. Y es que la mutua selección nacional de Karpin y Mostovoi a veces me obligaba a sacar las uñas para salirme con la mía. Y si algún “espabilao” me birlaba Rusia para pedirse a Mostovoi, ni corta ni perezosa tiraba de la invención de la selección estonia para pedirme a mi rubio por antonomasia. Y es que hay cosas a las que no se puede renunciar y siendo niños menos aún. 

Una tradición de aquellas tardes era "robar" cada viernes del contenedor del papel los periódicos de toda la semana para hacerme con todas las noticias. ¿Para qué? Ni idea. Pero todos me ayudaban y siempre llegaba a casa con un buen manojo de páginas del Faro de Vigo. Muchas de aquellas noticias y fotos aún siguen dentro de una carpeta perdida en algún cajón de casa.

Así fue como el fútbol ocupó un lugar destacado en mi vida. Pero ser del Celta me hizo sufrir ya desde los comienzos. No fue un sufrimiento deportivo sino personal. Y es que no hay nada peor, para mí, que tener que vivir los partidos exclusivamente por la radio.

En mi casa nunca se practicó el castigo de mandarme a la cama sin cenar pero cada vez que jugaba el Celta y perdía… Aquella noche, después del lloriqueo infantil de rigor, me escondía debajo de las mantas y me olvidaba del mundo sin cena ni gaitas.
Mi padre llegó al punto de amenazarme con no dejarme escuchar los partidos si seguía poniéndome así después de cada derrota. Y es que a mí me daba igual Madrid que Mallorca, Barça que Espanyol. Perder con cualquiera era horrible. ¿Y los derbis? Insufrible.

En este punto siempre encontré el consuelo de mi abuela quien siente una rivalidad acentuadísima con los del norte y siempre me cuenta una de esas batallitas de abuel@s según la cuál hace muchos años, cuando ella tenía mi edad (es curioso porque independientemente de los años que pasen y aunque mi edad vaya subiendo enteros, ella siempre me dice “cuando yo tenía tu edad”) habían venido muchos aficionados del Dépor a Balaídos y antes del partido habían estado insultando a diestro y siniestro y mi abuela y sus amigas habían corrido a varios a escobazos. No me imagino el “Mi Abuela vs Deportivistas”. Pero a ella dando escobazos sí, sin ninguna duda.

Volviendo al tema de seguir los partidos por la radio, afortunadamente se mitigó bastante a raíz del año 2001 en el que tras innumerables rabietas, lloros, pataletas, promesas de ser buena y caritas de ángel, POR FIN mis padres me dejaron ser abonada a los 12 años, dejándome bajo el cuidado y responsabilidad de mi tío pequeño que era abonado desde hacía un par de temporadas.

Sin embargo, la primera vez que fui a Balaídos fue a raíz de una de esas entradas que suelen regalar a los colegios. Era para Preferencia e, ignorante de mí, creía que eso significaba que podía elegir la grada que “prefiriese”. Convencida de ello abordé a mi tío (sin hablar previamente con mis padres) y le dije que podía ir con él al partido porque como podía elegir grada pues podía acompañarle a Marcador. Lógicamente le hizo gracia y me explicó que no era así, pero de todas formas se ofreció a llevarme tras comprar la correspondiente entrada.
Y así entré por primera vez en Balaídos un 2 de mayo de 1999, en la J. 32 contra el Salamanca (Precio 2500 pesetas).
Para mucha gente que respiró ese estadio desde la cuna quizá la experiencia sea diferente ya que es algo que forma parte de sus vidas desde siempre. Joder, para mí fue lo más grande que me había pasado hasta aquel momento. Era Balaídos. Y yo estaba allí. Yo, que tenía la impresión de que aquella era una oportunidad única e irrepetible. Que aquello sólo lo podían disfrutar los privilegiados.
Recuerdo la cuenta atrás entonada por la grada buscando coincidir con la salida de los jugadores al terreno de juego. Recuerdo el sol de frente, recuerdo a un rubio galopando por la banda derecha y a mí misma pensando que era IMPOSIBLE verle más cerca (con todo lo que dista el césped de Marcador). Y recuerdo la victoria, mi primera victoria en Balaídos con gol de Revivo.

Supongo que después de aquello aún me puse más pesada con mis padres y tras otra invitación en diciembre del 2000 para un Celta-Mallorca, en enero ya era abonada en funciones del equipo de mi vida.
Creo que nunca presumí tanto de algo como de aquel carnet. 

Bueno, quizá de algo sí. Pero es que bien lo merecía: mi primera camiseta.
Con el 8 a la espalda y el nombre del internacional ruso grabado a fuego. A día de hoy el rojo del escudo del Celta es casi rosa y la mitad de la serigrafía está borrada (aunque no se note mucho en la foto, el nombre está muy descascarillado). No creo que haya existido jamás una prenda tan usada como aquella camiseta de Karpin. Era lavar y volver a poner, lavar y volver a poner.

Un año o dos después llegó la mochila que me acompañó en los últimos años de colegio y durante todo el instituto. Daba pena verla pero me resistí a tirarla y todavía la conservo. Es más, con ella viví un gran despiste.
Estaría en 2º de la ESO cuando hicimos el típico viaje de clase a A Coruña para visitar el Domus y el planetario. Unos días antes nos recalcaron por activa y por pasiva que no llevásemos nada del Celta para evitar problemas y obediente de mí hasta dejé el reloj en casa porque llevaba la correa del Celta. Pero no me di cuenta de la mochila. Para mí era pura rutina salir y cogerla para ir a clase.

Pues llegamos al Domus y una de las profesoras que venía con nosotros, muy mayor ella, se echa las manos a la cabeza y me dice cómo se me ocurre llevar esa mochila: "¡¡qué me podían pegar, qué nos podían pegar a todos!!". Le faltó poco para reunirnos y meternos de vuelta en el autobús por la dichosa mochila. Pero como era invierno y llevaba la cazadora, otra profesora dijo que no pasaba nada. Me hicieron poner la cazadora por encima de la mochila y en plan Quasimodo recorrí el Domus y el planetario. No fue a propósito pero sí que me sentí un puntillo rebelde y en plan ¡qué chula yo!  

¿Uno de los recuerdos más tristes? La salida de Karpin. Quizá fue el primer recuerdo verdaderamente triste que tengo. Porque de la final del 94 me acuerdo de oídas. No tengo un recuerdo personal de ella. Pero sí lo tengo de la marcha de mi Valerio.
Creo que lo mal que llevo la época de fichajes (tanto de verano como de invierno) tuvo sus comienzos en tiempos de Karpin. Cada rumor era otra llorera. Y eso que la mitad de las veces no tenía base sólida. Hasta que la tuvo.

¿Una de las personas que más detestaré en la vida? Horacio Gómez. Karpin no dejó el Celta por pretensiones económicas. Karpin quería terminar su carrera en Vigo, era un jugador comprometido, luchador, talentoso y guerrillero como pocos. Buscaba su último contrato de dos años y Horacio sólo le ofrecía uno. Todos recordamos lo que sucedió después, un adiós por la puerta de atrás y nueva parada en la Real Sociedad para jugar no sólo dos, sino tres temporadas más.
¿Mi último recuerdo de Karpin vistiendo la camiseta del Celta? El último partido de Liga en casa y Celtarras cantando: “Que salga Karpin o lo vamos a buscar”. En la vida habrá otro Valeri Karpin. En la vida.

Durante nuestro último periplo europeo me lo encontré dos veces en Balaídos siguiendo al Celta. Por muchos años que pasen, cuando se trata de Karpin me sigo poniendo igual de nerviosa que cuando era una niña pequeña.

Otra de las grandes penas fue la final de Copa del año 2001, lloré antes y después del partido. Antes porque no me dejaron ir. Después… por lo obvio.
Mi recuerdo: Karpin llorando sobre el césped con las medias bajadas y consolando a Mostovoi.

En el año 2003 murió mi madre y el regalo que me hizo en la última Navidad que pasamos juntas fue una increíble manta del Celta, de esas gorditas y suaves. Por el hecho de ser su último regalo y ser del Celta es la manta sin la que no puedo dormir en mi casa. Ya sea invierno o verano duerme conmigo. Aunque haga un calor de narices y sólo la utilice para cubrirme los pies. Indispensable.

Mientras ella estuvo enferma e incluso después sólo existió un lugar en la Tierra en el que me podía evadir de verdad de todos los problemas: Balaídos. Sé que no es el mejor estadio del mundo, ni el más cómodo o bonito. Pero para mí es algo por encima de todas esas cosas, es mi lugar seguro.

El año de la Champions lo recuerdo con agridulce nostalgia. Era feliz por estar viviendo esas grandes citas entre semana pero me deprimía cada fin de semana por la situación deportiva que estábamos “luciendo” en los distintos campos de Primera División.
¿El partido más especial de aquel año? El encuentro contra el Celtic de Glasgow. Un Balaídos ducho en asistencia y cánticos. Un campo poblado por dos aficiones que se regalaron “cariñitos” mutuos antes, durante y después del partido.

La temporada 2004-2005 la recuerdo como una en las que el celtismo se me puso más a flor de piel. Quizá fue la temporada en sí, quizá el hecho de tener que labrarnos el ascenso en dos tandas tras el caso Toni Moral, quizá el que todos en el instituto me dijeran que nos costaría años volver a Primera, quizá el vivir la deforestación de las gradas de Balaídos… no sé qué determinó que sintiese esa necesidad de dar más de mí pero aquel año sentí que el Celta nos necesitaba mucho más que en años precedentes y todo lo viví multiplicado por mil.

Incluso recuerdo que al día siguiente de la fiesta en Praza de América tenía un examen final de Filosofía y ninguna de mis amigas quería acompañarme a celebrar el ascenso porque el profesor era el más cabrón que había en el instituto, turko hasta la médula y más chulo que nadie. Le gustaba mucho lo de vacilar al personal y cuando eres de las pocas personas que lleva la camiseta del Celta semana sí, semana también era fácil ser el objetivo de sus payasadas.
La historia es que tenía tantas ganas de ir a celebrar aquel ascenso que cuando mi padre llegó de trabajar y me vio tan enfurruñada y tristona lo primero que hizo fue meterme en un taxi e ir conmigo a Praza de América para que me desfogara a gusto.
“Life is life” es para mí la banda sonora oficial de aquel ascenso. Sin duda la canción que más sonó en aquella fiesta del celtismo.

Cuando volví a casa tenía las pilas tan cargadas que me estudié lo que me restaba del tirón y Sobresaliente al canto. Pese a que detestaba la asignatura y al profesor, quien me soltó irónicamente una de las suyas dejando caer que era una lástima que la fiesta del ascenso hubiese sido justo un día antes del examen.

Del año en Segunda recuerdo con especial cariño al Rácing de Ferrol y al Eibar de David Silva y Joseba Llorente.
A Malata fue mi primer desplazamiento con el Celta, después llegarían los dos a Riazor con victoria visitante y otro más a A Malata.

Nunca he sido de fijarme en futbolistas de otros equipos, es más, para sondear mercados no serviría ni un poco, pero la devoción por aquellos dos jugadores del Eibar 2004-2005, en especial Silva, me marcó tanto que aún recuerdo que cuando el equipo vasco visitó Balaídos (partido determinante de aquella temporada) me quedé con mal sabor de boca porque Silva no había viajado a Vigo.

Con el ascenso ya en el bolsillo e iniciado el período de fichajes recuerdo que aquel fue el año en que el Valencia fichó a Quique Sánchez Flores del Getafe por lo que el equipo madrileño iba a tener prioridad en las cesiones de los jugadores que el equipo Che no quisiese incorporar a sus filas. Ése fue el caso de Gavilán y Silva. Lo suyo con el Getafe estaba hecho pero un día haciendo la compra con mi padre recuerdo que él estaba en la frutería mientras yo leía el Faro. No recuerdo el titular exacto pero venía a decir que David Silva llegaba a Vigo en calidad de cedido por una temporada. Si no me puse a gritar como una descosida en pleno Mercado de Teis, me faltó poco.
Una de las mayores alegrías que me dio el Celta en tema de fichajes, eso seguro.

Aquella pretemporada intenté ir a todos los partidos y le di la tabarra con David Silva a todo aquel que estuviese dispuesto a escucharme.
Creo que pocas veces me enfadé tanto con la grada de Balaídos como cuando pitaban el cambio de David Silva por Gustavo López. De acuerdo, respeto las idolatrías del celtismo pero Silva era Silva. Después de Karpin y junto a Hugo Mallo, el jugador que más me alucinó vistiendo los colores del Real Club Celta de Vigo.
Fue más que un sueño cumplido. El pequeño canario de Arguineguín recalado en un Celta que aspiraba nuevamente a competiciones europeas. Un loco bajito que con el balón en los pies derrochaba talento y FÚTBOL (en mayúsculas) a raudales.
Creo que la clasificación para la Uefa se me empañó un poco cuando sucedió lo evidente, el Valencia contaba con él para la siguiente temporada.

Sin embargo me gustaría dar un pequeño paso atrás en el tiempo. Pues en el año 2005 nació Karpinha. Fue en una época en la que empezaba a tener el ordenador de casa un poco más para mí. Y además, en el instituto durante las clases de ARE (Alternativa a la Religión) y Ética siempre teníamos una hora a la semana para ir a la sala de ordenadores y hacer lo que nos diese la gana. Fue entonces cuando me dio por entrar en un foro llamado DelCelta donde hablar del equipo de mis amores era un regalo al servicio de todos. Y regalos así no se pueden rechazar a la ligera cuando la gente que te rodea en tu vida diaria no es celtista ni mucho menos.
Tener un sitio en el que poder hablar del Celta las 24 horas del día y de todo lo que a una le da la gana es un dulce irrechazable para la glotonería celeste que late dentro de cada aficionado del Celta de Vigo.
Ya pasaron seis años desde entonces. Años buenos, años malos, momentos mejores, momentos peores. Pero todos vividos en familia. Si tuviese que ubicar mi hogar cibernético, DelCelta sería el mío. Una casa levantada sin ladrillos ni cemento. Una vivienda hecha de palabras, opiniones, vivencias y sentimientos de un solo color. Mi casa y casa de muchos.

Uno de los latigazos más fuertes vividos en el foro fue el último descenso, de nuevo de Europa a Segunda.
En aquel momento estaba muy operativa la página oficial de Borja Oubiña y a través de ella tuve la oportunidad de conocerlo antes de que se marchase a la Premier League. Sin ninguna duda uno de los mejores futbolistas y una persona excepcional. Gran celtista, lo aseguro con rotundidad.

Desde el año del descenso hasta hoy nos hemos ido reponiendo paso a paso. Yo marcaría el punto de partida en la plantilla del año 2009-2010. Ducha en esfuerzo y trabajo y compensada en la pasada 2010-2011 con incorporaciones de calidad como David o Quique. Plantillón que nos hizo soñar con lo más alto y dio lo mejor de sí para conseguir el ansiado ascenso, aunque al final no pudiese ser.

De los últimos años destacaría la figura de Hugo Mallo. Creo que pocas veces le rompí tanto la cabeza a alguien como a mi novio cuando Eusebio alineaba a Vasco en detrimento del de Marín. Estaba de acuerdo con que era muy joven y que era mucha responsabilidad para él ser el titular indiscutible pero para mí no había ni hay color. Hugo Mallo indiscutible.
Aunque sólo sea por su incorporación al primer equipo siempre recordaré al Sr. Sacristán y loaré su ojo clínico. Mil veces le daré las gracias por subirlo al primer equipo.

Un nuevo caso Silva para mí, un jugador que desde la primera vez que lo vi me dejó alucinada con su talento y rotundamente convencida de que le espera un futuro muy dulce si las lesiones le respetan y si sigue en esta línea de trabajo y fortaleza mental.

De cara al año que viene sé que lo que más echaré de menos no será a éste o aquél futbolista, bien porque terminó contrato o porque algún equipo llegó preguntando por él.
Sé que lo más echaré en falta será el momento previo a la salida de casa hacia Balaídos. La despedida de mi padre diciéndome el sempiterno: “¡Qué ganéis!”. Y nunca: “¡Qué ganen!”. Sé que para mi padre yo era parte de esa frase y de ahí el “ganéis”. Sé que para él yo no sólo era del Celta, sino que yo era parte del Celta. La parte por la que él más seguía a este equipo. La parte por la que más le preocupaban sus resultados.

Me da pena pensar que ya nunca más oiré esas historietas que me contaba de cuando mi abuelo lo llevaba al estadio y en lugar de seguir el partido se ponía a jugar a las canicas con otros niños en la tierra que había donde hoy está Fondo.

Así que, como no me quiero extender más (aunque seguramente hay mil recuerdos aún sin comentar), como me diría él…
El año que viene: “¡Qué ganéis!”.  
Es decir: ¡¡QUÉ GANEMOS!!


Y ésta soy yo, Karpinha.

Manías (que ahora recuerde):
-No lavar jamás la bufanda durante la temporada. Pierde su magia. Aunque se llene de mierda, de la primera jornada a la última no puede pasar por otra agua que no sea la de la lluvia de Balaídos.
-No perderme jamás el himno. Si algún día llego tarde a algún partido me dará un síncope. Para mí es vital entonar el himno de pie y con la bufanda alzada. Ojalá se recuperase esta tradición que cada día está más perdida en las gradas.

Rituales (que ahora recuerde):
-Cagarme en el capitán siempre que nos toca atacar en la primera parte hacia Marcador. Tiene que ser al revés, siempre.
-En las jugadas a balón parado y los córner del rival decir tres veces el nombre de los centrales (tontería supina, empecé hace un par de años y ahora ya lo hago por inercia).
-Subir el último tramo de las escaleras de la puerta 10 de Marcador ajena a todo lo demás. Clavando la vista en los escalones y dejando que el césped vaya aparecienndo poquito a poco.

Un abrazo a tod@s y ¡Hala Celta!

lunes, 13 de junio de 2011

Elucubración de una loca: "Necesito un partido más"

Sé que muchos subieron a Peinador el día posterior al último partido de esta temporada para transmitirle apoyo a la plantilla. La grandeza del celtismo no tiene estirón final y sigue creciendo más allá de los 88 años que cumple este mes. Pero desde ayer tengo una necesidad. Necesito volver a Balaídos este año, necesito otro partido.

Sé que los jugadores estarán deseando desconectarse ya y pensar en las vacaciones, quizá más de uno también en su futuro. Pero no hablo de un “partido” con todas las de la ley, hablo de un encuentro "de la casa".

Un partido que enfrente a los del primer equipo contra los del B, mísmamente. Sin que ninguno tenga que temer por lesionarse al meter la pierna. Una pachanga familiar.

En temas de calendario sería como no haber sido eliminados del play-off, podría ser este mismo fin de semana, como la propia final de ascenso.

Entrada gratuita y que todos los que quieran puedan ir a volcar el contenido del corazón: agradecimiento, ilusión, orgullo, cariño, pasión… y hacérselo llegar al equipo. No quiero que el final sea la decepción de lo no logrado. Quiero que el punto final sea la satisfacción mutua por haber tenido a estos futbolistas y equipo humano luchando por nuestro escudo. Y que ellos se sientan orgullosos también de SU afición. Igual que nosotros nos sentimos orgullosos de ellos. Un poquito más con cada segundo de juego, un poquito más con cada latido.

Sé que es una estupidez supina pero cada vez que pienso que este año se acabó, que la fecha de caducidad de esta plantilla (como bloque) está fijada… Necesito volver a casa. Una vez más. Y darles las GRACIAS. No sólo por la temporada sino por todo lo que esta plantilla desprendió desde la primera jornada de Liga.
De la ilusión contagiosa de la que nos enfermaron, de las increíbles tardes de fútbol en casa donde sólo habíamos perdido un encuentro hasta muy pasada la mitad de la competición.

Desearía poder arroparles una tarde más.
Pues no se trata de la calidad de una plantilla, sino de lo que esa plantilla representa. Y este año han hecho que sea tan, TAN fácil empatizar con ellos y sentirnos representados 100%. Nuestro sueño era el suyo, nuestras ganas las suyas. Nuestras lágrimas, sus lágrimas.

Fueron (y son) más que mera calidad, fueron creencia absoluta en lo que estaban haciendo y por lo que estaban luchando.
Y es que soy la negatividad personificada y creo que más de la mitad de los jugadores van a ser reclamados por equipos de Primera, porque sé que se merecen jugar ahí. Pero también sé que si pudiera los guardaría a todos y cada uno en una cajita para poder tenerles dentro de unos meses. No cambiaría a esta plantilla ni un poquito, me quedaría con los mismos hombres para luchar por el mismo objetivo la próxima campaña. Pero creo que la familia se va a romper y resquebrajar bastante.

Y por eso necesito volver a ese estadio un día más este año. Un cierre que haga justicia al trabajo y la ilusión desprendida partido a partido. Un cierre para aquella quedada celeste, un cierre para las subidas a A Madroa y Peinador, un cierre para los desplazamientos que muchos hicieron con el equipo por toda la península.

Que es imposible ya lo sé, pero si hay alguien capaz de convertir los imposibles en improbables, los improbables en quizás, y los quizás en hechos… es este REAL CLUB CELTA DE VIGO.

Mouriño, Paco, plantilla, dadnos un día para daros las gracias, para volver a estar unidos en nuestra casa de césped y cemento. 

Sólo un día, sólo una pachanga familiar.
Un último abrazo.
Una despedida como merece esta 2010-11.
Una última oportunidad para que la mano del equipo y la de la afición entrelacen los dedos mientras los ecos “Celta-Celta-Celta…” dan paso al silencio sepulcral del verano, hasta que las gradas vuelvan a ser reclamadas por los que ya desean verle la cara al R.C. Celta de Vigo v.11-12. 

Un abrazo a tod@s y ¡Hala Celta!