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martes, 9 de octubre de 2012

Borja Oubiña inspira… y no sólo al respirar

Foto de Ricardo Grobas
El diccionario de la RAE define al futbolista así: “jugador de fútbol”.
Sin florituras, sin adornos, sin salsa ni aderezo.

Tres palabras que hacen estéril y aséptica una profesión con la capacidad de despertar la vena pasionaria de todos los que hemos caído en las redes cautivadoras del mundo del fútbol y sabemos reconocer en esos jugadores una de las principales causas por las que seguir creyendo con locura enfebrecida en la magia de nuestro deporte.

“Jugador de fútbol” es la profesión cuyo adjetivo superlativo es Borja Oubiña.
Borja Oubiña es el nombre que resume las aptitudes y cualidades que atesoran al fútbol con la suficiencia de hacer excelente lo mejor y repetible lo insuperable.

Sobre el césped despliega sus talentos y virtudes. Está antes de que se le espere. No espera antes de ponerla. La pone al primer toque. Y de toques hace su baile.
Ése es el Borja vestido de corto.

Fuera del rectángulo de cal extrapola sus dones aderezándolos con la sapiencia y mentalidad del que se sabe parte de un juego que no tiene marcador definitivo hasta pasados los 90 minutos más tiempo añadido. Del que sabe que la grandeza del rival no es medida justa para anticipar resultados hasta que la enfrentas a tu propia grandeza y la obligas a competir. 

En un campeonato de desalmado equilibrio entre “Tiburones y Pezqueñines” siempre existe ese pequeño espécimen cuya voluntad es más fuerte que su conformismo y que tiene la habilidad de encontrar su camino para defenderse y atacar a un escualo tan considerable como es el gran blanco.

El 20 de octubre iremos al Bernabéu y no lo haremos de visita turística. Si ese tiburón quiere la victoria tendrá que sudarla y, es que, enfrente, encontrará un equipo de “pezqueñines” con un capitán a la cabeza dispuesto a que el inmaculado albino lechoso que define a los rivales termine el encuentro teñido de césped y cicatrizado de barro.

Así como los partidos hay que jugarlos antes de perderlos, empatarlos o ganarlos; a los jugadores deberían “Oubiñarlos” antes de ficharlos.

Porque si ser “futbolista” es ser sólo “jugador de fútbol”… Entonces, ser Borja Oubiña es otra cosa…

Que resuciten a Charles Darwin, hemos encontrado al ejemplar destinado a suceder al Homo Sapiens y gobernar la Tierra. 
Su identidad: Borja Oubiña Meléndez.


Un abrazo a tod@s y ¡Hala Celta!

sábado, 18 de agosto de 2012

18-08-12


Quinocho, Vicente, Gudelj, Atilano, Mostovoi…  vigilantes que no pierden detalle desde las alturas de Tribuna como Dioses en su Monte Olimpo, esperan el momento en que el tráfico del asfalto se transforme en una horda de camisetas celestes y cruces de Santiago en el pecho. El momento en que el corazón más grande de Vigo lata oficialmente después de 2 meses y medio.

Dentro está ya todo casi listo. Con las prisas del momento quizá. Con los nervios y la ilusión desbordante de los que, desde dentro, trabajan para el club con el mismo sentir que el aficionado de a pie que ocupará a partir de las 19.00 horas sus respectivos asientos en las diferentes gradas del templo.

Horas antes y en diferentes puntos de la geografía gallega miles de estómagos son agitados por las alas de un centenar de mariposas que vaticinan la llegada del ansiado estreno en la máxima categoría del fútbol español.

Miles de tradiciones se van cumpliendo: saliendo de casa con determinado pie, anudando la bufanda de determinada manera, haciendo parada en éste o aquél bar/cafetería porque eso “nos da suerte”…

Ritos, costumbres, tradiciones, manías… CELTISMO.

Una a una, las horas caerán del reloj y se irán amontonando en forma de fervor, pasión, magia y sentir en el mismo punto de cada habitante de ese estadio. En ese centímetro de piel que separa el órgano más importante del ser humano del sagrado escudo tejido en material “made in China” que simboliza la representación máxima de un sentimiento único.

Las voces, el ruido de vasos, de cánticos, de aplausos… el ambiente de una previa, en resumidas cuentas, volverá a atronar en los alrededores de la casa del fútbol. Con las sonrisas dibujadas en los rostros y el brillo mágico en las miradas. Con la complicidad añeja de los que se saben veteranos en semejantes lides, los que se saben tesoreros de recuerdos de años no tan buenos, los que cierran los ojos y respiran profundamente con un único pensamiento: “valió la pena cada piedra en el camino para llegar hasta aquí”. Orgullosos del viaje recorrido se alegran de encontrar caras nuevas. Quizá en sus rostros no existan las arrugas ni las cicatrices de batalla de los que ya llevan metralla en las venas y mucha paciencia a la espalda, pero eso, como todo, lo ganarán con el tiempo. Savia nueva para anciano árbol. Bien recibida seas y muchos años dures.

Apuradas las horas de la previa llegará el momento de hacer caravana humana hacia las respectivas puertas, entradas a la gloria. Visto desde abajo ese ir y venir buscando la puerta 12 o encontrando la 3 puede parecer caótico. Desde arriba, nuestros Dioses Olímpicos observan desde su lona de Tribuna las estelas celestes que quedan detrás de cada aficionado apresurado, como el polvo levantado por una moto.  

Una vez encontrado el compañero fiel, tu sitio, que siempre estará ahí para sostenerte en los momentos menos buenos y para que saltes sobre él en los mejores haciendo vibrar la respectiva grada; llega el instante de respirar profundamente y alzando la bufanda al cielo dejar que el corazón acompase su ritmo al de esas primeras notas que claman: “Hala Celta,  a demostrar, por tu historia y tradición…”.

Señoras, señores… Primera ha llegado.

Todo lo demás, es fútbol.

Un abrazo a tod@s y ¡Hala Celta!